Recientemente descubrí algo interesante: las personas que invierten en acciones estadounidenses en mi entorno, en estos dos años claramente se han dividido en dos grupos.



Un grupo lleva la investigación al extremo: lee los informes financieros tres veces, construye modelos hasta el valor presente descontado, domina las letras griegas de las opciones. El otro grupo casi no mira los fundamentos, sigue las noticias y persigue las tendencias. ¿Y los resultados? El primero no necesariamente gana más, el segundo tampoco pierde mucho.

Yo pertenezco a un grupo intermedio: tengo una idea general de los fundamentos, hago una estimación aproximada de la valoración, y la mayoría del tiempo confío en mi intuición del mercado. Pero esa intuición, en realidad, es algo que el mercado me ha enseñado a tener. En el cuarto trimestre de 2018, en marzo de 2020, y durante esa ola de aumentos de tasas en 2022, cada vez tuve que pasar por un dolor real para que ciertas cosas quedaran en mi memoria muscular.

Por eso, a veces pienso que la "experiencia en inversión" no se mide por cuánto tiempo has investigado, sino por cuántos ciclos diferentes del mercado has vivido.
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