Abandonar es tan fácil: con solo una frase, “ya no quiero seguir”, te levantas y te vas como si nada.



Pero si lo piensas de nuevo, ya no eres joven. Tienes a tus padres, que pronto serán ancianos, y a tu esposa e hijos a quienes atender.

Solo puedes aguantar y tragarte el orgullo, pedir perdón a tu jefe con total cortesía: “Lo siento, jefe; todo es mi culpa. Retírame este mes los 500 de mi bono si quieres, pero por favor concédeme otra oportunidad”.

Aunque tu salario, en realidad, apenas alcanza para completar los gastos del hogar, no te queda otra opción.

Si pierdes el trabajo que tienes delante, tendrás un tiempo de vacío laboral; y entonces tu familia empezará a irse a números rojos.

Cuando eras joven, con ella, tu primer amor, como los dos estaban llenos de ímpetu y terquedad, bastaba con que surgiera una pequeña contradicción para que ninguno cediera. Al final, fue una ruptura sin final feliz.

Ahora, si lo comparas con lo de hoy, ¿de qué sirve? En el mundo de los adultos no hay espacio para arrepentirse. Lo lamentable es lo que ya pasó; lo que queda ahora, en cambio, es la responsabilidad.

Ya que elegiste este camino, no tienes salida: aparte del éxito, no hay plan B. O logras un éxito brillante, o será la ruina; ¡o triunfas, o te destruyes!
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