EL DÓLAR QUE ARGENTINA NO QUISO



Javier Milei llegó al poder como un hombre que ya había ganado el argumento. Con motosierra en mano, ideología afilada y un plan de dolarización que sonaba, al menos en papel, como la cirugía económica limpia que Argentina necesitaba desde hacía décadas. El plan tenía un problema que nadie anticipó: el pueblo argentino no estaba interesado.

En un país donde el peso ha sobrevivido a la hiperinflación, múltiples default y suficientes crisis económicas para llenar un programa de posgrado, los ciudadanos miraron el dólar estadounidense y encogieron los hombros. Milei abrió la puerta: transacciones en dólares, incentivos fiscales, un modelo de competencia monetaria que invitaba al peso, al dólar e incluso a las criptomonedas a competir libremente en el mercado de la confianza pública. El peso ganó. No porque sea fuerte. Sino porque es familiar, y la familiaridad en tiempos de incertidumbre lleva un peso que la economía sola no puede medir.

La ironía se escribe sola. Un gobierno que intenta liberar a su pueblo de una moneda en dificultades, solo para descubrir que el pueblo ya había hecho las paces con ella. La dolarización sin consentimiento es solo otra forma de control disfrazada con papel diferente, y Milei — para su crédito — reconoció exactamente eso. No se puede forzar una moneda a una población más de lo que se puede forzar la confianza en un mercado que ha decidido esperar.

Relajar los controles de cambio introdujo volatilidad, como siempre sucede cuando un sistema muy ajustado de repente tiene espacio para respirar. Luego llegaron las medidas de estabilización. El secretario del Tesoro de EE. UU., Scott Bessent, dio señales de apoyo. La maquinaria de las finanzas internacionales se inclinó.

Pero a nivel calle, el peso seguía siendo el rey de las transacciones cotidianas. A veces, el experimento económico más radical en la sala es simplemente pedirle a la gente que cambie la forma en que vive — y aprender que preferirían no hacerlo. 💵🇦🇷
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