En 2022, solo me quedaban emociones.


Cuando la vela verde subía, mi corazón latía con fuerza; cuando la roja, soñaba con dar la vuelta.
En ese entonces, estaba enamorado en secreto de una chica.
En invierno, ella tejía una bufanda, y le pregunté a quién se la regalaba.
Ella dijo que a la persona que más le gustaba.
Por aquel entonces, pensé que solo estaba fantaseando, como un pequeño inversor que ve movimientos y no se atreve a seguirlos.
Luego, ella me regaló algo.
Pensé que era una señal, que era una buena noticia en secreto.
Después, ella desapareció del mapa.
Me sentí como un tonto que ha sido liquidado en una operación, buscando por toda la ciudad.
Solo escuché que se había ido a otra ciudad, se había casado y vivía muy bien.
Como si los grandes inversores hubieran terminado una etapa y se hubieran ido a buscar otros mercados.
Yo también cambié de objetivo.
Nueva narrativa, nueva historia, fingí que ya había salido del apuro.
Hasta que un día, saqué esa pila de cosas viejas que llevaba años guardando.
En una bolsa de plástico negra, vi una bufanda roja brillante.
Me emocioné hasta romperme.
Resulta que ese año, ella realmente había sentido algo por mí.
Pero el cariño, aunque existió, terminó en otra cuenta ajena.
Por eso, hoy, estoy dispuesto a deshacerme de esos recuerdos.
No porque no valgan nada.
Sino porque casi me pertenecieron, y eso duele mucho.
¿Quién quiere hacerse cargo?
De todos modos, el mercado me enseñó la lección más dura:
No es que nunca haya subido.
Es que subió, pero no te hizo ganar.
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